El Secuestro de Santa

El Secuestro de San Nicolás

Ahorita en esta época de navidad, me toco dejar volar mi imaginación, al momento de darle clases a los niños de kinder y preparatoria. Y les contaba cuentos de navidad, y aquí escribo el primero.

Erase una vez, una familia que tenia dos hijos, Juan Pablo y Mónica, ellos eran niños bien portados, que obedecían a sus padres, traviesos e inteligentes. Ellos tenia un sueño el cual era conocer a San Nicolás, pero sabían que sus padres no tenían dinero para llevarlos por la travesía del polo norte. Entonces se les ocurrió la mejor idea de todos. Iban a capturar a Santa. Así podrían conocerlo y tenerlo con ellos siempre. Empezó Mónica a crear un plan por medio de la computadora, le daba clic aquí y allá y casi lo tenia listo.

Juan Pablo estaba preparando las redes, para poder tirarlas a Santa, tenia todo listo. Ahora solo hacia falta que llegara la Noche Buena, llegara Navidad para que de esta manera poder efectuar su plan,

Y llego la Navidad, la cena navideña con sus padres y abuelos. Los papas de Juan Pablo y Mónica los llevaron a la cama, y ello se fueron a dormir. Cuando sucedió. Se levantaron a los minutos y empezó la vigilancia de la casa. Juan Pablo miraba por la ventana, y Mónica por la otra. Y de repente dice Mónica, allí esta lo veo,lo veo, viene para la casa. Era Santa que venia volando con su trineo. Y estaba aterrizando en la casa de Juan Pablo y Mónica Ambos miraban por la chimenea, y escucharon que alguien bajaba todo estaba listo.

Pero lo que no sabían los niños, es que San Nicolás ya sabia todo su plan, y les quiso jugar una pequeña broma. Cuando Santa llega al suelo y Juan Pablo estaba listo para tirarle la red. Empieza a decir que los niños de esa casa se habían portado mal, y que no iban a tener regalos, AL escuchar esto los niños se pusieron a llorar, y entonces Santa los llamo y les dijo que solo estaba bromeando, y que el ya sabia su plan. Entonces los niños le dieron las galletas a Santa y este les entrego sus regalos, A Mónica le dio una muñeca, y a Juan Pablo un balón de fútbol. San Nicolás regreso al techo de la casa, y termino de repartir regalos, mientras que los dos niños fueron a dormir muy contentos con sus regalos .

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Una respuesta

  1. En estos días navideños te acompaño un relato y te deseo ¡Feliz Navidad!
    ‘El día que Jesús no quería nacer’, de Antonio García Barbeito

    Cuando llegan las fiestas Navideñas nos gusta leer algún texto que nos acerque, con ternura y poesía, al Misterio de Belén.

    Es algo tan grande lo que sucedió aquella noche que necesitamos que nos lo cuenten una y otra vez, de mil maneras y con miles de acentos diferentes. Durante siglos lo hicieron los poetas y muchas cosas han quedado en los villancicos que repetimos cada año, de manera nueva, porque se cantan con el corazón y no sólo con los labios.

    Tampoco faltan piezas teatrales y cuentos, de los que se han hecho inolvidables películas, porque aquella historia no puede perderse en la memoria de los hombres. Es tan rica, tan grandiosa, que en ella se inspiran los mejores autores y se deleitan los corazones más sensibles.

    El día que Jesús no quería nacer es una especie de pieza teatral, lista para la radiodifusión. Un ángel, perdido en una caja entre las piezas de un belén, va anunciando a los otros personajes del nacimiento que Jesús no nacerá porque el mundo está lleno de odio, envidia, avaricia…, pero el ángel queda mundo cuando ve que si no nace el Niño no sería posible ni la paz, ni la alegría ni la libertad. Precioso en su sencillez. Jesús tenía motivos para no querer nacer, pero lo hizo.

    Son unos textos de Antonio García Barbeito. Nacieron para ser retransmitidos en la COPE. A través de las hondas llegaron a lo más profundo de los oyentes.”
    Narrador:

    Ahora, en estos días que el frío, la lluvia, la niebla y las noches son como personajes de nuestra tradición, me atrevo, a la luz de la lumbre de la memoria, a contar algo que no sé si es una historia o un cuento, un milagro o una fantasía, algo que no sé si lo he vivido o me lo han contado, si lo soñé o lo he inventado. Tengo serias dudas respecto a este relato, pero juraría que es cierto que una vez recibí una carta de unos niños que me lo contaron. Es más: tengo la carta aquí, entre las manos. Pero también es verdad que no sé si es cierta o no la carta. De modo que quizá lo mejor sea que nunca sepamos la verdad. Milagros hay -invenciones hay, fantasías, cuentos, sueños, verdades inciertas- por los días de todos nosotros que no nos atrevemos nunca a contar. Milagros que un día nos iluminaron, nos sorprendieron en nuestras dudas y que conservamos como reliquias de un prodigio. Milagros que a lo mejor no son milagros, pero que preferimos pensar que lo son con tal de no perder del todo la fe en las cosas.

    Por eso hoy, en estos días en que es más fácil creer, que uno retorna al tiempo cuando la imaginación era más poderosa que la realidad, que la inocencia nos dominaba aún, voy a contar algo que juraría que me contaron… No lo sé. Lo soñara, lo viviera o lo imaginara. Lo cierto es que escribo al dictado de esta carta que me aparece que y se me pierde entre las manos y en la que no tengo más remedio que creer. Los niños que me la mandan no se han atrevido a decírselo a nadie por temor a que los tomaran por embusteros o por ilusos (los niños, como siempre tan sabios, saben de sobra de nuestras torpezas y de nuestra mezquindad) y fuera peor el remedio que la enfermedad. Ellos en su carta me cuentan que…

    En las primeras oscuridades de la Nochebuena, mientras descansaban de la colocación del Nacimiento, que lo tenían casi a punto, se asomaron al balcón a ver la calle, sabedores de que la calle tendría algo de especial esa noche. Intentaron abrir una hoja del balcón, pero un puñado de aire, mitad frío, mitad niebla, les hizo cambiar de idea. Unos dicen que aquel aire olía a castañas, otros que olía a frío… Y sería verdad: haría frío. “¡Que fría es la noche que el cielo escogió!”
    El rincón del salón era, dicen, un sueño cuando encendieron las luces del Nacimiento. Y parecía fuego aquella pequeñez luminosa que simulaban la llama entre los menudos leños de la candela. Y algo de aurora tenía la oscura claridad del cielo de cartón piedra que asomaba lleno de estrellas de papel de plata. Y algo de amanecida la luz de la lamparita tras las montañas de papel arrugado y corcho. Todo a punto para la Nochebuena: los tres Reyes, bajando el camino (uno de ellos, Melchor, ya en el puente de tablas); el ángel, en su olivo, “suspendido” entre hábiles algodones; los pastores, al pie de la hoguera, junto al puchero de barro, expectantes, mirando al cielo. La lavandera, lavando arrodillada en la vera del mentiroso río de cristal. Y el molinero, cargado con un saco de trigo bajo las aspas del molino. Y el vendedor callejero, con la mano ahuecada en la mejilla, pregonando su carga… Están locos de contento los niños. El yeso y el polvo de talco “hielan” las cumbres de corcho, mientras el labrador traza surcos o el hombre de recova ve cómo las palmeras son más bajas que él. Un dibujo recortable, de buen gusto, en la pared de fondo, deja un precioso perfil de pueblo blanco. Magnífico el Portal: una chocita de eneas, íntima, con más sombra que luz, a cuya puerta se arrodillan pastores. Dentro, echados, el buey, tiene una mirada de hermosa mansedumbre, mientras la mula, sagaz, tiene las orejas empinadas. José, de pie, apoyado en su báculo y ligeramente inclinado. Serio, con una majestad sobresaliente. María sentada, empezando a componer una sonrisa y con los ojos alegres como los de una paloma libre mirando al…
    -¿Y el Niño? ¿Dónde está el Niño Jesús?
    Algunos de los niños corrieron a mirar a las virutas de la caja donde guardaban las figuras, pero no estaba. Uno de ellos, el más pequeño, al que echaron la culpa de la pérdida, dijo lloriqueando que él no lo había perdido, que él lo cogió y lo dejó acostado en el pesebre, sobre los trocitos de paja. Y que le pareció haberlo visto sonreír.
    Nadie pudo replicar al chiquillo, pues cuando iban a hacerlo sonó un golpe seco. Era la puerta del salón, que se había cerrado sola, sin que nadie la empujara. Y además no pudieron abrirla cuando lo intentaron. Se apagaron las luces del salón, las ascuas de la chimenea se volvieron apagadas cenizas y en el Nacimiento sólo se mantuvo encendida una pequeña luz celeste, la que iluminaba el olivo donde estaba el ángel. Empezó a silbar un vientecillo entre las copas del bosque de papel y los niños se abrazaron asustados. Dicen que no podían ni gritar porque el miedo les ahogaba. Fue entonces cuando se hizo más clara la luz del olivo y se vio al ángeo de barro que se movía y hablaba:

    Angel:
    No temáis. Soy un ángel mensajero de Dios y vengo a daros una noticia. No busquéis más al Niño porque vosotros no lo habéis perdido. Y es verdad que uno de vosotros lo dejó acostado en el pesebre y ahora no está. Pero Dios Padre se opone a que nazca su Hijo, a que nazca Jesús. Vosotros seréis los encargados de hacerlo saber a la humanidad. Estad atentos y no temáis.

    Narrador:
    El ángel recorría con la mirada todo el paisaje del Nacimiento mientras una luz que nadie sabía de dónde manaba, dejaba un extraño lubrican donde las figuras eran poco más que sombras. Y volvió a hablar. Ahora a las figuras:

    Angel:
    ¡Sabedlo: Jesús, el Mesías no nacerá! Su Padre el Altísimo, sabe que el mundo es contrario a su Nacimiento, porque el mundo tiene consciencia de la gravedad de un salvador en esta hora. Tú, molinero, deja tu faena y vete, que Jesús nacerá.

    Molinero:
    ¿Que el Niño no va a nacer?
    ¡Y eso cómo puede ser,
    si está loco mi molino
    moliendo el trigo más fino
    para ofrecérselo a Él!
    ¡Y está la nieve que trina
    (¿no la ves en la colina?)
    lampando para su altura
    la blancura de mi harina!
    No digas, ángel amigo, no digas
    que no va a nacer Jesús.
    ¿Acaso sabes tú
    que Él es de mi trigo espiga?

    Angel:
    ¡No nacerá, no, nanas de calumnia, mecidas de odios, arrullos de heridas preparan para Él! ¡Lavandera, deja tu ropa y vete que Jesús no nacerá!

    Lavandera:
    Lavando en esta orilla
    de agua escarchada
    llevo ya de rodillas
    varias jornadas.
    Y lavo y canto,
    que nunca unos pañales
    fueron a tanto.
    No me digas ahora,
    ángel bendito,
    que el Niño-Dios no nace,
    cuando está escrito.
    Dile a la Altura
    que no nos niegue el parto
    de esa criatura.
    ¡Si Él ha de ser la corriente
    donde se lave la herida
    de la vida
    de la gente!

    Angel:
    ¡No nacerá, no. Porque la mentira está agazapada entre los matorrales como raposa, y la soberbia cocea en las paredes del Portal asustando a María!
    ¡Tú, gañán, suelta tu yunta y vete; guarda tu arado y abandona la besana, que Jesús no nacerá!

    Gañán:
    ¿Que no va a nacer Jesús?
    ¡Sí está la reja que brilla
    de haber abierto en barbecho
    cuarenta surcos derechos
    para albergar su semilla!
    ¡Si está mi esperanza hecha
    a atar su Verbo en gavilla
    al cabo de la cosecha!…
    ¿Que no va a nacer Jesús?
    ¡Pues no faltaría más
    que el que es Semilla del mundo
    se quedará sin sembrar!

    Angel:
    ¡No nacerá, no. Que José ha tenido que ahuyentar las víboras de la vejación que se estaban encamando entre la paja del pesebre! ¡No nacerá Jesús! ¡Tú, costurera, deja tus puntadas y vete; recoge tus telas y tu silla y abandona este lugar, que el Niño-Dios no nacerá!

    Costurera:
    Hebras y agujas de oro
    tengo en el arca guardadas
    para bordarle su nombre
    en la que será su almohada.
    Y aún me parece pequeño
    el valor de este metal
    para acompañar su sueño.
    Guardo terciopelo, pana
    y vara y media de seda.
    Y si faltara, me queda
    otro tanto o más de lana.
    ¡Que no quiero, que no quiero
    que el que es Abrigo del mundo
    vaya por el mundo en cueros!
    No digas, ángel amigo,
    que estas puntadas
    que están dando mis manos
    serán por nada.
    ¡Si esa criatura
    tiene loca la cesta
    de mi costura!

    Angel:
    ¡No nacerá, no. Que los alacranes de la envidia le buscan el vientre a María para sembrarle su veneno. No nacerá Jesús! ¡Tú, leñador, enfunda tu hacha y vete; deja el bosque y las sombras y busca el camino de tu casa, que Jesús el Mesías no nacerá, según disposición del Altísimo!

    Leñador:
    ¿Que no va a nacer mi Dios?
    Si están gritando las ramas:
    “¡Córtame a mí, leñador,
    quémame con la retama.
    Para cuando nazca Dios
    yo quiero ser ya una llama
    que pueda darle calor!”
    ¡Si tengo el monte desnudo
    y rompo el filo del hacha
    para que asuste luego
    con el fuego
    la rigidez de la escarcha…!

    Angel
    ¡No nacerá Jesús. Que los lobos del egoísmo aúllan en los cerros cercanos y vuelan bajo los milanos poderosos queriendo rapiñar los polluelos de la inocencia! ¡No nacerá Jesús! ¡Tú, mujer que estás a la puerta de tu casa, echa los cerrojos y vete a dormir, que lo esperado, el Hijo de Dios, no nacerá. Vete!

    Mujer (ignorando al ángel y como hablándole al Niño):

    – Yo soy la posadera.
    La que se quedó esperando
    a que tus padres vinieran llamando,
    la que todavía espera.
    Yo sé que te han cerrado
    todas la puertas.
    Por eso yo las mías
    las tengo abiertas.
    Y guardo dentro
    una cálida cuna
    para tu cuerpo.

    (Confidente):
    Y aunque no la sabe nadie,
    chiquillo de mi fortuna,
    al aire de la mañana
    tengo encargado una nana
    para dejarla en tu cuna.
    ¡Que no me digan a mí
    que Tú no vas a llegar!
    Si tengo de par en par
    las puertas
    y yo esperando, despierta,
    hasta que quieras llamar…

    Angel:
    ¡Qué no va a nacer Jesús, sabedlo!
    ¡Que tras las nubes que parecen de lluvia remediadora se esconden truenos de guerra y rayos de violencia acechando el Nacimiento del Hijo de Dios! ¡Pastores, recoged vuestro hato y volved a vuestras casas, que Dios no nace. Callad vuestras canciones y dormid, que nada extraordinario ha de ocurrir esta noche!

    Pastores:

    ¿Pastores en Nochebuena
    sin tenerle a quien cantar?
    ¡Pues vaya una Navidad!
    Hemos dejado el rebaño
    a su apaño
    en el redil,
    para llegar hasta aquí
    con rezos y villancicos
    a celebrar al Dios Chico
    de Belén;
    y en esta noche de frío
    que venimos al Portal
    tú nos vienes a contar
    que está el pesebre vacío…
    ¡Dile que somos pastores que esperan,
    cantando,
    la llegada de su Dios
    que los librará del daño.
    Dile que queremos ser rebaño
    donde El quiera ser Pastor.

    Angel:
    No nacerá Jesús, no. Que trepa la hipocresía como yedra por las tapias del mundo. Y todo es un sintendido en lo diario, donde arraiga la grama de la insolidaridad y las traiciones. ¡Tú, vendedor, vuelca tu carga y vete, que nada tienes que hacer aquí esta noche, pues no nacerá el Dios que esperas!

    Vendedor:

    Traigo yo de reata
    mi borriquilla,
    que vienen bien cargadas
    las angarillas:
    naranjas, peros,
    y melones tardíos
    también los llevo.
    Pero yo no pregono
    mi mercancía.
    Mi voz está esperando
    que rompa el día;
    subir al viento
    y pregonarle al mundo
    su Nacimiento.
    ¡No digas, ángel amigo,
    que no va a nacer mi Dios,
    después que ha pasado el día
    metido en la serranía
    limpiando al aire mi voz
    para anunciar en pregón
    la llegada del Mesías…!

    Angel:
    ¡Cómo va a nacer Dios! ¿No veis la gangrena de la maldad, vestida de hombre? ¿O es que acaso no llevamos veiente siglos cerrándole las puertas a la Alegría que quiere quedarse con nosotros? ¿De qué os extrañáis? Si no sois capaces de mirar a los que tenéis cerca, ¿seréis capaces de reconocerlo a El? ¡No, no nacerá Jesús! ¡Reyes, majestades, desandad el camino, que vuestros pajes tomen la reata de vuestros camellos. Emprended la vuelta. Jesús no nacerá, sabedlo!

    Reyes:
    Que tre reyes
    que desdeñando sus leyes
    han venido expresamente
    desde Oriente
    hasta el Portal,
    bien guiados por aquella
    buena estrella
    que ahora señala el lugar,
    tengan que volverse atrás
    porque no nace el Mesías,
    cuando hay una profecía
    escrita, que escrita está…
    ¿Qué hacemos con el incienso,
    con la mirra, con el oro
    que traemos para El,
    tres símbolos que han de ser
    su pasión y su tesoro?
    Ese Niño ha de nacer.
    Nos lo han dicho:
    “Lo hallaréis
    antes de entrar en Belén,
    en un pesebre ha de ser,
    entre María y José,
    junto a una mula y un buey.
    Lo adoraréis.
    Y estando cerca de El,
    comprenderéis
    que tres reyes han de ser
    vasallos de un solo Rey.”

    Angel:
    ¡Pues no va a nacer! Dios sabe que, a boca de parto, hay Herodes disfrazados de adoradores. Además, ¿tiene sentido para alguien el Nacimiento de Jesús? Jesús hoy es una dificultad para los hombres; no sé porqué os quejáis. ¡A retomar el camino, majestades, a desandarlo. Ya no hay nadie en el Nacimiento que no se sepa que Jesús no va a nacer. Son ustedes los últimos y es hora de que nos vayamos…

    (El ángel va a volverse cuando, de pronto, observa que unas sombras se mueven por los cerros…)

    …Y aquello… ¿Que, qué es aquello? ¿Quiénes son esos que vienen en grupo bajando los cerros? ¡Eh!, ¿quién anda ahí? ¡Eh vosotros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís, y a qué? ¡Pero…, cómo es posible, si vosotros no existíais, no estabais entre las figuras del Nacimiento! ¡Dios mío, son niños…! ¿Qué querrán estos niños ahora? ¡Pero… bueno! ¿es que sois sordos, o qué?! ¡Eh un momento no acerquéis al Portal! ¿No habéis oído lo que acabo de decirles a todos? ¡Eh, tú! ¿adónde vas? ¿Quién eres tú?

    Niño 1:
    Yo soy la Justicia.

    Angel:
    ¿Y qué esperas?

    Niño 1:
    La noticia del Nacimiento de Dios.
    Su venida beneficia
    a toda la Humanidad,
    pues al nacer El, se inicia
    la senda que me propicia
    la Igualdad.
    Y están los injustos
    rompiendo a su gusto
    la Equidad.
    Hace falta un justo Juez
    en la vida.
    Número, Peso y Medida
    ha de traer.
    Y ese Juez
    ha de nacer
    en Belén,
    esta noche, sin tardanza.
    Así ha de ser.
    El pondrá derecho el Fiel
    de la Balanza.

    Narrador:
    Y el ángel nada decía. Miraba y se sorprendía.

    Angel: Y tú, ¡tú quién eres?

    Niño 2:
    La Paz.

    Angel:
    Y ¿qué quieres?

    Niño 2:
    Regalar
    el sentido de mi nombre
    y convertir a los hombres
    a la buena voluntad.
    Por eso vengo al Portal
    a pedir la Navidad
    del Niño Dios en la Tierra.
    Y el Niño Dios nacerá,
    porque El sabe que a la Paz
    las puertas no se le cierran,
    que si no, devorará
    los trigales de la Paz
    la cizaña de la guerra.

    Niño 3:
    …Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía.

    Angel:
    Y tú, ¿tú quién eres?

    Niño 3:
    ¿Yo? Yo soy la pobreza.
    Por amor, no por condena.
    Fui libre cuando aquel día
    sentía mi vida llena
    de alegría.
    Mas le falta una razón
    a mi vida para ser.
    Por eso vengo a Belén
    a pedir que nazca Dios.
    Dile tú que yo te mando.
    Dile que su Nacimiento
    la Pobreza está esperando.

    Narrador:
    …Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía.

    Angel:
    Y tú, ¿tú quién eres?

    Niño 4:
    – Ver nacer al Mesías.

    Angel:
    Y no eras tú quien decía que creería sin ver.

    Niño 4:
    Y así es.
    Pero me estoy acabando.
    Necesito ir renovando
    mi firmeza,
    Y la fuerza
    de mi Luz
    y de mi Conocimiento
    sólo la da el Nacimiento
    de Jesús.
    ¡Dile que nazca a ese Bien!
    ¡Dile que se dé premura!
    ¡Dile… que se está poniendo oscura
    la claridad de la Fe!

    Narrador:
    …Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía.

    Angel:
    Y tú, ¿tú quién eres?

    Niño 5:
    ¿Qué quién soy yo?
    Yo soy la Libertad,
    y necesito mi camino
    por el que poder andar.
    Y si El no nace
    vendrán
    las rejas y las cadenas
    de la pena:
    nos llevarán al castigo
    y cerrarán con cerrojos
    los postigos
    de la mente.
    Y a su antojo
    irán cegando los ojos
    inocentes.
    ¡Dile que venga conmigo.
    Que necesito pensar,
    que necesito luchar,
    que necesito creer
    y poder alcanzar
    las ramas de la Verdad
    en su Arbolillo del Bien!
    ¡Dile que venga al Portal,
    que el mundo lo necesita!
    ¡Dile que tiene una cita
    con la Libertad!

    Narrador:
    …Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía.

    Angel:
    Y tú, ¿tú quién eres?

    Niño 6:
    -¿Que quién soy yo?
    Yo soy la Esperanza.
    La virtud que no se cansa
    de esperar.
    No temo a la lontananza.
    Yo sé que todo habrá de llegar.
    Por eso vengo al Portal
    sin dolerme la tardanza
    es gozar lo que aún no está.
    Pero dile tu que sueño
    su pequeño
    despertar.
    Dile que estoy esperando,
    celebrando
    su venida
    a la Vida.
    …Mas si no quiere nacer,
    porque esté cumpliendo fiel
    del cielo alguna ordenanza,
    coméntale mi añoranza
    y dile que esperaré
    hasta que lo quiera El.
    ¡Por algo soy la Esperanza!

    Narrador:
    …Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía.

    Angel:
    Y tú, tú, ése, el último. ¿Tú quién eres?

    Niño 6 (Jubiloso):
    -¿Yo? ¿Que quién soy yo?
    ¡Yo soy el Amor!
    La amistad,
    la ternura,
    La esencia pura
    de la Verdad.
    Sin mí,
    el mundo es mala locura,
    aventura de mal fin.
    Yo soy bálsamo en la herida,
    y soy brazo
    donde se apoya la caída.
    ¡Soy el lazo de la vida!
    Yo soy el eje del mundo, su motor.
    La comprensión, la amabilidad.
    Y la Luz.
    Eso que sin ser salud
    es vida en la enfermedad.
    ¡Soy el Amor!
    Y soy la misericordia,
    refugio en el perseguido,
    y soy pan en el hambriento,
    y soy agua en el sediento,
    y en el desnudo, vestido.
    Alegría en el anciano;
    soy lo divino y lo humano.
    En mi nombre
    van los hombres
    de la mano
    en armonía.
    Soy la risa, la alegría,
    la razón que cada día
    nos motiva a caminar.
    Soy la sombra que al final
    del camino siempre espero
    para hacerlo llevadero.
    Y soy más:
    soy cariño
    que acompaña a la paciencia.
    La inocencia,
    la imprudencia
    de los niños.
    Y soy luego,
    entre el hombre y la mujer,
    ese que dicen que es ciego,
    aunque sea el que más ve.
    Y soy fuego,
    soy candela
    siempre ardiendo en centinela
    de la voluntad mejor.
    ¡Soy el Amor!
    Y estoy en la pena
    ajena,
    y abrazo conmigo
    al enemigo.
    Y en toda necesidad,
    yo soy la caridad
    con el hermano.
    Caridad siempre dispuesta
    a pedir con esta mano
    lo que iré dando con ésta.
    ¡Soy el Amor!
    Y hagan lo que hagan los hombres,
    si no se hace en mi nombre
    no tendrá ningún valor.
    Pero fíjate, que yo,
    siendo el Amor, como soy,
    no seré nada si hoy
    no naciera mi razón.
    ¡Vete, ángel, dile a Dios
    que venga a la Nochebuena,
    que sí merece la pena…
    que se lo pide el Amor…!

    Narrador:
    …Pero el ángel, no decía; miraba y se sorprendía… Y al tiempo se asombraba de una música que empezó a sonar y de un murmullo creciente, creciente: Desobedeciéndolo, todas las figuras habían vuelto…

    Angel: (enfurecido)

    …Pero… ¡Qué pasa!
    ¿Adónde van los gañanes
    y esos bueyes?
    ¿Por qué cantan los pastores
    y han vuelto a montar los Reyes?
    ¿A qué bajan los luceros
    desde el cielo con tal brío?
    ¿Y a qué la flor del romero
    abre su azul bajo el frío?
    ¿Por qué corres, lavandera?
    ¿Adónde vas, costurera,
    abandonando el bordado?
    ¿Qué has visto desde el collado,
    posadera?
    ¿Por qué saltas, leñador?
    ¿Qué pregonas, vendedor?
    ¿Adónde vais, si Dios
    no vendrá a la madrugada?…

    Narrador:
    …Y cuando el ángel pensaba
    decir otra vez que no,
    algo le dijo la Luna
    que miró para la cuna
    y estaba naciendo Dios.

    QUE NO NACE DIOS
    (Canción)

    “No, que no, que no,”
    decía el ángel que no.
    “que no nace Dios”
    Lo pidió la posadera
    y lo pidió el leñador
    lo pidió la lavandera.
    Y el ángel: “que no, que no.
    No está preparado el mundo
    para recibir a Dios.”

    Le rogó la costurera
    y hasta el gañán le rogó,
    y el molinero a su puerta
    le pidió al ángel por Dios
    “que nazca el niño, que nazca”
    y el ángel: “que no, que no,
    Que no nace Dios,
    que no hay amor en el mundo
    para que nazca el Amor.”

    Pregonando por la calle,
    lo pedía el vendedor,
    los pastores lo impidieron,
    los tres reyes a una voz,
    pero el ángel repetía
    a todos “que no”.

    ¿Quién vendrá que le convenza?
    ¿Quién vendrá que traiga a Dios?
    ¿Quién vendrá con tanta fuerza?
    Y así vino el Amor:
    “Que nazca el niño, que nazca,
    vete ángel, díselo,
    que en el nombre de los hombres,
    lo está pidiendo el Amor”
    Dudaba el ángel, dudaba,
    y en la duda se quedó.

    Abrió el cielo sus entrañas,
    llegó a la tierra un calor,
    se iluminó el Firmamento,
    abrió el romero su flor,
    y entre aleluyas y cantos
    nació Dios, nació el Amor,
    nació Dios, nació el Amor.

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